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viernes, 1 de marzo de 2013

Nuevo comunicado de las FARC: “Pareciera que el alzhéimer se ha apoderado de algunos altos funcionarios del Estado”




DECLARACIÓN

Terminamos este ciclo de conversaciones con avances que hablan bien de nuestra voluntad de paz, a pesar de las infundadas afirmaciones del Presidente Juan Manuel Santos en un evento mediático, el pasado 20 de febrero en San Vicente del Caguán; Avanzamos a pesar del dolor que nos inflige a todos los colombianos el trato represivo y desproporcionado que el gobierno está dispensando a través del ESMAD a las justas protestas de los caficultores y los cacaoteros, causando muertes, decenas de heridos y capturados. Avanzamos a  pesar de la sordera estatal frente a las reclamaciones de los trabajadores del Cerrejón y de los que se oponen a la privatización de la salud, y en general, a las consecuencias antipopulares y antipatrióticas de la política neoliberal. Para ese pueblo en pie de lucha, nuestra solidaridad; y al gobierno, un ¡Dialogue con el pueblo, escúchelo, deje la soberbia!

Con artificios como el de San Vicente, no podrá Santos ocultar la progresiva entrega del territorio nacional, de nuestras riquezas minero-energéticas, a la voracidad de las trasnacionales. No podrá tapar los nuevos planes de despojo y de extranjerización de la tierra, ni el propósito avieso de feriar las 15 millones de hectáreas de nuestra altillanura, entre los ríos Guaviare y Meta, rica en petróleo, uranio, coltán y litio; tierras miradas con ojos de agronegocios y ganancias, y con los hombros encogidos, frente al terrible impacto socio-ambiental.

Detrás de la humareda de las declaraciones de San Vicente, está el latifundio que ningún gobierno ha querido tocar. Ha regresado el fantasma de Chicoral a impedir que se toque el sacrosanto latifundio y a perseguir nuevamente a los campesinos que desterró a las fronteras para que no siguieran ocupando, machete en mano, las grandes propiedades. Desde la época de la violencia de los años 50, no han tenido paz los campesinos, se les ha arrebatado la tierra y expulsado con violencia de su entorno natural. El vergonzoso Pacto de Chicoral fue firmado por las élites de los partidos tradicionales, los terratenientes y el Estado, jamás por Manuel Marulanda Vélez. Pero hasta esas fronteras remotas donde fueron arrojados, les enviaron a los paramilitares para masacrarlos y desplazarlos nuevamente. No es justo, no es justo, que ahora se pretenda expulsar al resto con violencia y ley.

Las tierras del comandante Jorge Briceño no eran las mencionadas en las falaces cifras del Presidente, sino 114 millones de hectáreas que tiene país, las que quería produciendo, para dignificar la vida de todos los colombianos.

Pensábamos que Juan Manuel Santos se iba a referir en San Vicente a las 17 mil hectáreas de palma africana que el jefe paramilitar “Don Berna” transfirió al Estado para que fueran entregadas a los campesinos, sus verdaderos dueños, tierras que no han llegado aún a sus destinatarios; pero nada dijo el presidente.

Pensábamos que tal vez aludiría a las 14 mil hectáreas que el mismo paramilitar pusiera en manos del Estado en los Llanos Orientales, con 4 mil de ellas sembradas de palma aceitera, a fin de que fueran restituidas a sus propietarios originales, y a pesar que esto no se ha cumplido, nada dijo el presidente.

Pensábamos que le entraría duro en su discurso a su amigo Víctor Carranza, quien recientemente celebrara con bombos y platillos su primer millón de hectáreas de tierra. Pero nada dijo el presidente.

Es mucho lo que hay que decir y denunciar en torno a la actual política agraria del gobierno. La supuesta titulación y entrega de tierras en Urabá, es una farsa triste. Allí lo que hay es un carrusel de tierras, en el que a través de poseedores de mala fe, se entregan títulos con relumbre mediático, pero al final esos predios vuelven a manos de bananeros y palmicultores despojadores. A los “urabeños” les han asignado la tarea de revictimizar para facilitar el despojo con apariencia legal.

La entrega de tierras que proyectan en Urabá y Chocó los paramilitares El Alemán y Hasbún, es para echarle tierra al engaño de la entrega de tierras que está haciendo el gobierno en Urabá.

En las Tangas asignaron 192 parcelas, pero se las arrendaron a precios irrisorios a unas empresas ganaderas, que todo indica, son del mismo dueño.

Este gobierno, en apariencia, les tiene miedo a los terratenientes, y con ese presupuesto difunde que si se tocan esos intereses criminales se despertará el demonio del paramilitarismo, como si en algún momento lo hubiesen desmantelado. Su determinación es no afectar el latifundio improductivo, ocioso y evasor de impuestos. Por lo visto, ni siquiera se le dará un pellizco. Ahora los latifundistas están esperando a las trasnacionales para vender o arrendar. En lugar de castigo, recibirán un premio.

Esa tierra fue amasada con sangre campesina, masacres paramilitares, fosas comunes, más de 5 millones de desplazados, falsos positivos, y por lo tanto, ¿por qué no llamarlos delincuentes y aplicarles sin tantas vueltas la extinción de dominio reservada a los grupos delincuenciales?

Un tercio del territorio del país está manos de los ganaderos… ¿Quiénes son entonces los latifundistas despojadores?

¿Quiénes son los responsables del índice GINI del 0.87 referido a la desigualdad en el campo?

Que alguien del gobierno le explique al país cómo fue posible que el INCODER le entregara 315 mil hectáreas de tierra a testaferros de los señores del despojo.

¿Por qué el INCODER intentó eliminar los resguardos indígenas coloniales?

El escándalo de Agro Ingreso Seguro pretendió descargarse contra la modelo, Valery Domínguez, mientras que beneficiarios poderosos pasaban de agache: “El programa Agro Ingreso Seguro, creado por la ley 1113 de 2007, otorgó en los primeros dos meses de 2009, bajo una línea especial de crédito, 27.600 millones de pesos, de los cuales una sola compañía, Palmeros del Pacífico Sur, recibió más dinero que todos los beneficiarios en cualquier otro departamento del país, pues obtuvo 4.321 millones (más del 15% del total). De igual forma, tres empresas palmicultoras pertenecientes a la familia Sarmiento Angulo (Palmas Pororó, Palmas Sicarare, Palmas Tamacá) recibieron 3.950 millones (14,27% del total de los créditos). Si se suman dos palmicultores más –Asociación de Agricultores Palma de Caunapí y Palmar El Diamante–, los palmicultores recibieron casi el 40% de los dineros entregados”. No solamente entonces, es el despojo de la tierra, sino el de los recursos públicos, usurpados para entregárselos a los más ricos, a gente como Sarmiento Angulo, ranqueado por la revista Forbes como uno de los más ricos del mundo.

Pareciera que el alzhéimer se ha apoderado de algunos altos funcionarios del Estado, y ya no saben de dónde proviene ni dónde está el latifundio. No hay catastro confiable, no hay estadísticas rigurosas. Engordan tierras, no tributan, todo está en el cajón del olvido, resguardado por la complicidad. No se puede atacar a los gamonales y caciques de la tierra, porque las elecciones están cerca.

Se necesita un catastro alternativo en el que participen organizaciones agrarias y sociales, las víctimas, los desplazados, con veeduría internacional, para no dejar que esta tarea, tan trascendental para la paz, sea asumida por la desprestigiada y parcializada oficina de “restitución” de los victimarios.

Que no nos vaya a tragar la geofagia de las trasnacionales. Colombia no es de Cargill, Pacific Rubiales, corficolombiana, Mavalle, Pajonales, Valorem, Refocosta, Riopaila, Bioenergy, Mónica, Firmenish, Amaggi, Merhav, Aliar, Anglo Gold Ashanti, Billiton, Anglo American, Xstrata, Efromovich, Eike Batista y demás usurpadores que pretenden despojarnos el territorio que nos pertenece a todos.
Llamamos a los colombianos, a sus organizaciones sociales, políticas y gremiales, a las Fuerzas Armadas con sentimiento de justicia y patria, a defender este proceso de paz, esperanza de reconciliación y de nuevo país. Reiteramos: el proceso de la Habana está caminando. La paz se construye con la verdad pura y limpia, no con falsificaciones mediáticas, ni mezquindades. Estamos dispuestos a discutir con pasión, llegado el momento, el tema de la participación política, de la refrendación ciudadana de los acuerdos, para que desbrozado el camino, salgamos todos al encuentro de la anhelada paz, de la dignidad humana.

Delegación de paz de las FARC-EP

viernes, 22 de febrero de 2013

“No nos digamos mentiras, Santos”. Comandante de las FARC responde a Santos en Carta abierta

“De 114 millones de hectáreas que tiene el país, 38 están asignadas a la exploración petrolera, 11 millones a la minería, de las 750 mil hectáreas en explotación forestal se proyecta pasar a 12 millones. La ganadería extensiva ocupa 39.2 millones. El área cultivable es de 21.5 millones de hectáreas, pero solamente 4.7 millones de ellas están dedicadas a la agricultura, guarismo en decadencia porque ya el país importa 10 millones de toneladas de alimentos al año. Más de la mitad del territorio colombiano está en función de los intereses de una economía de enclave”. Iván Márquez (FARC) en Oslo, Noruega, en la inauguración del proceso de paz con el gobierno de Santos.



“No nos digamos mentiras, Santos”. Comandante de las FARC responde a Santos en Carta abierta


ANNCOL / 2013-02-22 / En un comunicado llegado a la redacción de ANNCOL hace pocos minutos, Timoleón Jiménez, jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP, rechaza las declaraciones del presidente Santos sobre apoderamiento de tierra por parte de las FARC en la región de San Vicente de Caguán, la antigua zona del proceso de paz 1999-febrero 2002.

El máximo comandante de la insurgencia habla además por la primera vez que fue el mismo Santos que buscó a la guerrilla para iniciar el proceso de paz cuando asumió la presidencia hace más de dos años; “No puede resultar indiferente para nosotros que el Presidente de la República que desde el comienzo mismo de su gobierno buscó contactarnos para dialogar de paz”.

Las palabras de desvío de Santos en San Vicente de Caguán.


Santos dijo el 19 de febrero en San Vicente del Caguán que la guerrilla se había apoderado “enormes extensiones de predios, tanto del Estado como de campesinos”.

Y responde Timochenko:

“Sus palabras en San Vicente del Caguán nos han dejado perplejos. Ni una sola vez mencionó la que consideró bandera fundamental de su gobierno, en cambio pudiéramos decir que pareció el vivo retrato de su paso por el Ministerio de Defensa en la administración Uribe”.

Las últimas declaraciones, tanto del ministro de defensa como ahora el mismo Santos, han causado preocupación en las FARC ya que las delegaciones de ambas partes en la Habana están entrando en temas concretos sobre la tierra. Hay millones de campesinos sin tierra que resisten la política de Santos que entrega millones de hectáreas a las mineras transnacionales.

En ese sentido hay que ver las declaraciones y acusaciones de Santos en San Vicente de Caguán contra la guerrilla, como desvíos para quitar la atención del verdadero problema de la tierra en la agenda de paz.

A continuación la carta de Timochenko:









Salvemos la paz, Santos
Carta abierta del comandante de las FARC-EP al presidente Santos

En nuestro país las cosas siempre han ocurrido así. Las clases dominantes, ensoberbecidas por una mal disimulada arrogancia, resuelven todos los asuntos según su particular e interesada visión de la realidad.  Despreciando y desconociendo las opiniones contrarias. Sus facciones, enfrentadas a veces por mezquinos propósitos económicos y políticos, como sucede hoy con Uribe, se reconcilian hermanadas cuando se trata de aplastar las mayorías que rechazan sus designios rectores. Aquí su palabra y sus cañones son la ley, lo único que vale y cuenta. Por eso existe una previa elaboración de los diálogos de paz y sus resultados, la que el gobierno concibió de antemano, sin considerar lo que pensemos nosotros ni mucho menos la inmensa mayoría que puja por tomar parte en el proceso, y a la que se amenaza con cárcel si llega a conversar con nosotros.

En San Vicente del Caguán, en el acto de entrega de títulos de tierras a unas cuantas familias campesinas, con el consabido recurso de acreditar planes y programas de la actual administración, lo que en buena parte corresponde en verdad a viejas políticas distintas, el Presidente de la República dio parte de un millón seiscientas mil hectáreas tituladas por su gobierno y más de ciento cincuenta mil víctimas reparadas. De ese modo aparece como el gran benefactor que materializa sus proyectos legislativos de redención social. Ni una sola voz de los millones de desterrados o víctimas fue consultada por el Estado acerca de las leyes con que se pretendía favorecerlos. No se trataba de eso, sino de atender otra clase de conveniencias.

Santos las puso en evidencia al decirles que ahora podrán acudir a los bancos, para que les presten, en adelante se llamarán sujetos de crédito. Su intención es convertirlos en grandes productores de alimentos para el mercado mundial, tal y como lo recomienda la FAO, la entidad mundial que jamás ha podido solucionar las hambrunas en África, Asia o Haití, pero que en cambio ha servido para implementar la globalización del mercado de alimentos en beneficio de grandes corporaciones. La historia de la lechera es antigua, la pobre soñaba con una enorme fortuna hasta que el tropiezo la trajo a la triste realidad. Esos campesinos deberán asociarse con grandes capitales para producir lo requerido, y endeudarse. Serán los seguros perdedores. Su suerte me recuerda a Las uvas de la ira, la famosa novela de John Steinbeck.

Arroceros, cañeros, cafeteros, gremios poderosos que alguna vez lideraron la economía, enfrentan hoy duras realidades y el gobierno se niega a atenderlos. No son su prioridad. Lo más indicado para ellos, al decir de los expertos, es buscar nuevas actividades productivas en las que puedan ser competitivos. Cuestión de las leyes del mercado, se trata de flexibilizar y tener iniciativa. Ese  lenguaje de Santos para los campesinos, de alejar las diferencias, trabajar juntos, rápido, ir de la mano para lograr los objetivos de prosperidad y empleo, rememora la cálida palabrería con la que desde la antigüedad los avarientos han embolatado al pobre infeliz al que se aprestan a privar de sus centavos. El negocio será para los grandes banqueros y consorcios, son sus intereses los que representa el gobierno. No nos digamos mentiras, Santos.

No puede resultar indiferente para nosotros que el Presidente de la República que desde el comienzo mismo de su gobierno buscó contactarnos para dialogar de paz, argumentando que reconocía buena parte de justicia en nuestras reclamaciones, aunque no los métodos que empleábamos para hacerlas, se presente a San Vicente un 20 de febrero, rememorando el fin de los diálogos del Caguán, en una acto calificado por él mismo como doblemente simbólico, para denostar de todos los modos posibles contra las FARC y sus comandantes más queridos, sin hacer la más mínima mención al proceso de paz que se cumple con su gobierno en La Habana. ¿Es que acaso al calificar de experiencia triste y muy lamentable aquel esfuerzo frustrado de reconciliación, sintió vergüenza y horror de referirse a las actuales conversaciones?

Creíamos que Santos era sincero al manifestar que soñaba con pasar a la historia como el Presidente que consiguió la paz para Colombia. Lo mandó a decir de tantas maneras, dio tantas muestras de querer en realidad alcanzarlo, que su comportamiento y sus palabras en San Vicente del Caguán nos han dejado perplejos. Ni una sola vez mencionó la que consideró bandera fundamental de su gobierno, en cambio pudiéramos decir que pareció el vivo retrato de su paso por el Ministerio de Defensa en la administración Uribe, el viejo maestro del Pinzón de hoy. ¿Es esa la forma como se crea un ambiente propicio para el proceso y los diálogos? ¿Así es como el gobierno nacional aporta su cuota a la reconciliación, Santos?

Eso de que las FARC hemos arrebatado no sé cuántas hectáreas a no sé cuántos miles de campesinos, así como toda la cantaleta con relación a que estamos obligados a darle cara a las víctimas del conflicto, como si alguna vez hubiéramos manifestado nuestra negativa a hacerlo, podemos solucionarlo de un modo sencillo y práctico. Conformemos una comisión de alto nivel, integrada por delegados de las FARC-EP y el gobierno nacional, con participación de gremios y diversas organizaciones sociales, con los garantes que sean necesarios, para que en Colombia, en condiciones de seguridad, se encargue de visitar y verificar la situación real de los predios que se dicen arrebatados por nosotros. Y que convoque a todas las posibles víctimas para atender sus casos y precisar responsabilidades.

Pero que se convoquen también las víctimas del Estado, los desterrados por el Ejército y los grupos paramilitares. Y se aclare también lo mismo. Y cada quién responda. Podemos discutir en la Mesa de Conversaciones, con participación del país, la atención que deben merecer los informes finales. Diversas personalidades internacionales, Estados y organizaciones regionales han manifestado su apoyo al proceso de paz en Colombia. Con todos estamos sinceramente agradecidos. Por eso nos parece oportuno que el Presidente Jimmy Carter, el ALBA, UNASUR, la CELAC y los que proponga el gobierno, tomen parte en la comisión mencionada. Si bien es cierto que en la Mesa se han adelantado importantes avances de acuerdos, las actitudes oficiales que con los pretextos mencionados se repiten, amenazan con hundirlo en un pantano. Saquémoslo de ahí, ya, Santos. La tan estrecha y calculada concepción del proceso apunta a ahogarlo. Salvémoslo.
                          

TIMOLEÓN JIMÉNEZ
jefe del estado mayor central de las FARC-EP
Montañas de Colombia, 21 de febrero de 2013

viernes, 3 de agosto de 2012

Investigación: El poder de la tierra en Colombia


Jesús Santrich, FARC-EP.

Investigación: El poder de la tierra en Colombia

ANNCOL ofrece abajo un trabajo investigativo crítico realizado por el comandante e integrante del Estado Mayor Central de las FARC-EP, Jesús Santrich, que en cuatro artículos, que incluye audio, analiza el tema de la tierra en Colombia.
Redacíon de ANNCOL




LA TIERRA EN COLOMBIA.

LOS VERDADEROS AUTORES DEL DESPOJO (I).

Por Jesús Santrich, integrante del Estado Mayor Central de las FARC-EP


La “restitución de tierras”, dentro de la llamada “revolución agraria” de Juan Manuel Santos, no es un acto humanitario y de reconciliación social, sino el procedimiento engañoso para darle marco jurídico a la desposesión violenta que se ha venido haciendo a lo largo de décadas y que se acentuó especialmente durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, del que el actual Presidente fue su Ministro de Defensa y jefe de los llamados “falsos positivos”.

El gobierno conoce perfectamente que al menos 2.428 familias de oligarcas controlan aproximadamente el 53.5 % de la tierra apta para cultivar; esto en contraste con 2.2 millones de familias campesinas que sobreviven de cualquier manera en el área restante. Y no es este grueso problema el que pretende resolver; menos cuando está claro que en dos décadas las pobrerías agrarias han sido despojadas de alrededor de 7 millones de hectáreas por los agentes del Terrorismo de Estado.

Es inocultable el objetivo de darle legalidad a lo que hasta ahora sólo fue un despojo violento y criminal, definiendo derechos de propiedad y ordenando la geografía de la misma, delimitando las zonas de reserva campesina, los territorios indígenas, los espacios de las comunidades afro-descendientes, formalizando el dominio estatal de los baldíos, para desenvolver con más rigor y eficacia la acumulación capitalista:

Organiza el mercado de tierras.

-          Favorece la incursión y consolidación de las trasnacionales en lo que respecta al acaparamiento del espacio para su depredación.
-           
-          Facilita la explotación a fondo, “dando garantías” al capital, a los inversionistas, para que accedan a las concesiones sobre los territorios, y a lo que llaman derechos de superficie.
-           
-          Proyecta con la legalización, un despojo en términos legales porque responderá a un ordenamiento que se presentará como necesidad o prioridad nacional sobre la que no se permitirá obstáculo alguno. Cuando se requiera que alguien transmita su derecho de propiedad esto tendrá que hacerse porque así lo define la ley y punto o simplemente, a las buenas o a las malas, se debe ceder la tierra en renta; algo muy “democrático” seguramente; la democratización del rentismo, que es una forma más cínica del despojo.

Así, reiteremos, se le “restituye” la propiedad a los despojados para luego obligarles al arrendamiento. Se trata de lo que los especialistas llaman “solución financiarizada de la cuestión agraria”. Pero como si fuera poco esta reprimarización y desnacionalización de la economía, cuya base es el despojo de la tierra, se reforzará el procedimiento con las pretensiones del “Proyecto de Ley General Agraria y de Desarrollo Rural”, que reordenará el territorio en función de la depredación; en fin, la dictadura de la entrega del país a las trasnacionales: por ahora, 38 millones de hectáreas para la exploración petrolera; 11 millones de hectáreas para la exploración y explotación mineras; 12 millones de hectáreas para la explotación forestal también extractiva; 39.2 millones de hectáreas para la ganadería extensiva; 3.6 millones de hectáreas de producción agrícola, cuando se tiene un área cultivable de 21.5 millones de hectáreas, de un total de 114 millones de hectáreas que tiene nuestro país.

Dibujado este panorama, la insurgencia, aparece como un factor incómodo para que las transnacionales y sus lacayos oligarcas criollos continúen el saqueo de la riqueza de los colombianos. De ahí deriva el sufrimiento de Juan Manuel por la existencia de la insurgencia, más cuando se había convencido de su propia invención que hablaba del fin del fin de la guerrilla.

La rendición de nuestras banderas no pasa de ser el delirio de un servil monigote vende-patria al que nada importa la destrucción del páramo de Santurbán ni de la gente de la que depende su riqueza hídrica; nada le importan los destrozos ambientales y sociales que produzca en el Huila la hidroeléctrica El Quimbo, nada le importa la suerte de las 500 familias que serán desplazadas de manera obligada sino el lucro que obtendrá la transnacional EMGESA; nada le importa la suerte de los cuatro millones de colombianos cuyo abastecimiento de agua depende de las fuentes de La Colosa en Cajamarca; su interés se centra en las ganancias que puedan generarle a los capitalistas los 9.000 títulos de explotación y los 20.000 que están en trámite (4 % y 20 % del territorio nacional respectivamente), dispuestos para alimentar el hambre de oro de las trasnacionales.

Negocios son negocios, así que para qué preocuparse por la pauperización creciente de los 12 mil trabajadores tercerizados en el enclave petrolero de Campo Rubiales. Lo importante es que en el balance del año 2011 la empresita duplicó sus ganancias netas.

En esta historia lo que impera es la diseminación de los enclaves extranjeros que nos succionan la sangre, la precarización laboral para nuestros hermanos trabajadores, la destrucción de nuestros bosques, la degradación de la tierra con los proyectos que aspiran a la generación de los agro-combustibles, la entrega desvergonzada de la Orinoquia y de la Amazonia, del Pacífico, del país entero…, la reprimarización, la desnacionalización, el favorecimiento al capital financiero, la mentalidad apátrida contra el bienestar popular.

¿Esta cruda realidad expresa voluntad de paz de parte del régimen?
Tags: Colombia, ANNCOL, Jesús Santrich, La tierra en Colombia, reforma agraria, la tenencia de la tierra en Colombia




La tierra en Colombia; los verdaderos autores del despojo (4-4)


Por Jesús Santrich, integrante del EMC de las FARC-EP.
Marzo 10 de 2012.
Se requiere ser muy mentiroso y sinvergüenza para afirmar, como lo ha hecho Juan Manuel Santos, que la guerrilla y otros factores armados a los que revuelve con esta para engatusar incautos, son quienes han arrebatado más de 700 mil hectáreas de tierra a los campesinos.

No es por tonto que el personaje de marras expresa semejante absurdo, pues él bien sabe cómo está configurado el asunto de la distribución, propiedad y uso de la tierra en Colombia, y sabe cómo está definido el asunto de la territorialidad.

La existencia de latifundios en poquísimas manos de oligarcas que han arrebatado la tierra a los más pobres es un antiquísimo problema estructural que subyace como una de las principales causas del conflicto político-social y armado que padece Colombia. A finales del año antepasado el camarada Alfonso Cano se refirió a la cuestión trayendo a memoria que según estudios del Instituto Geográfico Agustín Codazzi y CORPOICA del año 2001, las fincas de más de 500 hectáreas correspondían al 0.4 % de los propietarios que controlan el 61.2 % de la superficie agrícola. Esa concentración desbocada e infame de la tierra viene desde años atrás y no ha cesado ni cesará por cuenta de una perorata embustera como la del Presidente. ¿Acaso Juan Manuel tiene la noticia de que entre ese 0.4 % de propietarios están las FARC?

A PRINCIPIOS DE ENERO, El Espectador citó palabras de JM Santos en las que expresaba, como ya había ocurrido en otras ocasiones, que las FARC se oponen a la Ley de Restitución de Tierras porque, gracias a ella, “les quitamos el discurso”, según el cual la tierra es para los campesinos.
Con vehemencia de culebrero presto a pescar incautos, Juan Manuel ha dicho que “de manera exitosa ejecutará la Ley” aunque tenga “enemigos de lado y lado”. Y explica que en “La izquierda radical, las Farc”, está un enemigo de la Ley, “porque les quitamos el discurso. El discurso de las Farc es ese: que la tierra es para los campesinos”. A continuación el Presidente se despacha con su carga de cinismo: “Pues sí: la tierra se la estamos entregando a los campesinos, y sobre todo a los campesinos que fueron desplazados”.
En conclusión, para un sujeto experto en crear “falsos positivos”, como Juan Manuel, resulta que son las FARC las que arrebataron la tierra y las que no quieren que se le restituya este preciado bien a los campesinos, mientras él está haciendo su “revolución agraria”. Y mucho ojo, “no una revolución a punta de fusil sino con la Constitución y las leyes. Y no es una revolución de lucha de clases. No son los ricos contra los pobres, son los legales contra los ilegales. Y es una revolución que va a respetar a todo aquel que tenga su propiedad legalmente”, Como si ya el territorio no lo hubiesen preparado a sangre y fuego, con la violencia paramilitar, antes de hacer lo que ahora se configura como un procedimiento cínico de “saneamiento”, que con leyes proyecta terminar de arrebatar a los pobres la tierra para entregarla a las trasnacionales.

EN EL COLMO DEL DESCARO JM Santos dice haber encontrado que “otro enemigo del proceso de Restitución de Tierras es la extrema derecha, es decir los paramilitares, quienes se hicieron a muchísima tierra a punta de violencia y a punta de desplazamiento”. Semejante “inocencia” causa angustia. El jefe de los “falsos positivos”, el ministro de defensa del mandatario paramilitar Álvaro Uribe Vélez, diciéndonos esto de que hay “dos extremos (las Farc y los paramilitares), paradójicamente unidos en contra de la Ley”.
Las marchas que Juan Manuel paga para aparentar que respalda a los líderes agrarios con la propagandizada Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, no son siquiera expresión de populismo, como algunos piensan, sino de insolencia si miramos en que los factores de poder que él representa son los que han practicado el despojo que caracteriza la acumulación capitalista neoliberal que han impuesto en subordinación absoluta respecto al centro hegemónico yanqui.
Yendo al grano, en vez de lanzar sofismas de distracción, el Presidente debería develar los nombres de los verdaderos latifundistas y la forma criminal como muchos de ellos se han apoderado de predios de comunidades enteras, sólo para beneficiar la voracidad de las trasnacionales. ¿Acaso no sabe él que entre los llamados “nuevos llaneros”, gente que se ha hecho a inmensas cantidades de tierra en los Llanos Orientales aparecen al lado de los holdings brasileños y argentinos, capitalistas como Luis Carlos Sarmiento o su primo “Pachito” Santos, el mismo que quería dirigir el paramilitar Bloque Capital y quería electrocutar a los estudiantes que protestaban contra la reforma neoliberal a la educación? Ahí están esos elementos apátridas lanzados a la conquista de los llanos y a la depredación de la Amazonía y la Orinoquía, sin que personajes tan dolidos por la patria como Erwin Hoyos, Darío Arizmendi, Salud Hernández, el “eximio” Néstor Morales o Doña María Jimena Duzán, entre otros, se den por enterados, Y que no crean que con este humilde comentario se les está siquiera increpando, porque ahora parece ser moda en el círculo de notables de la desinformación, auto-victimizarse endilgándole a las FARC no se qué cantidad de amenazas infundadas.

ESTA CONQUISTA DE LOS TERRITORIOS es lo que estimula el gobierno como reforma o como “revolución agraria”, con estímulos económicos gubernamentales y el respaldo militar que está puesto en marcha con los famosos planes de “consolidación”, porque es que hay que cuidarle las inversiones a las trasnacionales poniendo de guachimanes a los soldados colombianos, para que las trasnacionales puedan expandir sus agro-negocios, la extracción de agro-combustibles sembrando palma, maíz, soya, remolacha y caña azucarera, etc.
En fin…; la “revolución agraria” de los cínicos como Santos, significa la entrega sumisa a las multinacionales y conglomerados financieros, ofreciendo negocios híper-rentables, favorables a la especulación en el mercado mundial de commodities.
Hablemos claro, como son enormes las dificultades que generan a las inversiones capitalistas en el campo si no existe legalidad, titulaciones que laven la cara del despojo sangriento que han hecho hasta el momento, entonces hay que titular los predios arrebatados a los campesinos y gentes humildes desplazadas y asesinadas.
Para eso es que está destinada la Ley de Restitución de Tierras. El propósito de fondo no es resarcir a los campesinos. El fin es otorgar seguridad jurídica a los inversionistas, sobre todo si se toma en cuenta la enorme magnitud que ha logrado el mercado de tierras en el campo de la especulación financiera.

¿POR QUÉ LOS “CAMARADAS” chinos no compraron tierras en el Vichada? Aunque ellos en Colombia estén proyectando grandes inversiones en infraestructura de transporte y en proyectos de agro-negocios como la producción de soya y leguminosas, su negativa o abstención temporal se debió a la inexistencia de títulos de propiedad. Este es un ejemplo para decir que pasa a ser de gran trascendencia, no inmediatista sino estratégica para los capitalistas, la llamada restitución de tierras que permita más adelante, luego de legalizar los títulos, negociar la propiedad para quedarse con todo o lo que interese en un proceso de sobre explotación del territorio. La “restitución”, entonces, no es un acto humanitario y de reconciliación social de Juan Manuel Santos sino el procedimiento engañoso para darle marco jurídico a la desposesión violenta que se ha venido haciendo a lo largo de décadas y que se acentuó especialmente durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, del que el actual Presidente fue su Ministro de Defensa y jefe de los llamados “falsos positivos”.
Para el caso colombiano, los mismos agentes activos del despojo ahora “hacen el favor” de amortizar a las víctimas, legalizándoles la posesión para luego “colaborar” con la compra o toma en arrendamiento del terruño, por el que sin duda el pobre campesino, quiéralo o no, recibirá una miseria. Entonces, legalizar títulos, entregar tierra de manera engañosa, para de inmediato volver al ciclo del despojo envuelto en la farsa de la compra-venta, o la trampa del arrendamiento, sin que ello implique, desafortunadamente, que la presión y efectiva acción coercitiva de los perdonavidas de las trasnacionales y del régimen cese, es lo que caracteriza la “revolución agraria” de Juan Manuel.
Todo es un ardid ya conocido en otras latitudes del mundo, para acondicionar el mercado de títulos y abonar la espacialidad para que proceda la inversión transnacional sin apremios: promesas de un mejor medio de vida, garantías de rentas permanentes…; coacción contra las comunidades o personas que no consientan la depredación; tal como ahora ocurre en los municipios que se quieren inundar con la represa El Quimbo.

EN COLOMBIA YA SE HA SUFRIDO bastante la desposesión y muy próximo está el ejemplo de Brasil donde las promesas de mejores medios de vida y de posibilidad de empleos que vendrían gracias a los contratos de arrendamiento, han conllevado al abandono de los asentamientos que han sido arrendados a empresas de caña de azúcar en el llamado cinturón de la caña de azúcar en el Estado de São Paulo; entre muchos otros, también tenemos el ejemplo del establecimiento de una plantación de caña en Kampot Speu, Camboya, donde los empresarios forzaron la expulsión de los agricultores y las comunidades que tradicionalmente habitaban esas tierras.
Ahora bien, el gobierno conoce perfectamente que al menos 2.428 familias de oligarcas controlan aproximadamente el 53.5 % de la tierra apta para cultivar; esto en contraste con 2.2 millones de familias campesinas que sobreviven de cualquier manera en el área restante. Y no es este grueso problema el que pretende resolver el Presidente con su ridículo plan de “restitución” de tierras. Menos cuando está claro que en dos décadas las pobrerías agrarias han sido despojadas de alrededor de 7 millones de hectáreas por los agentes del Terrorismo de Estado. ¿Para qué, entonces, el gobierno se rasga las vestiduras, cuando sus manos están sucias de sangre y del fimo del cinismo está embadurnada su conciencia?
A nadie puede Juan Manuel Santos ocultar que en Colombia hoy se asiste a una redefinición de las políticas territoriales, todo para seguir robando y entregando a las trasnacionales nuestros recursos y nuestra soberanía. Dentro de ese esquema el plan de “restitución” hace parte del desenvolvimiento de la reprimarización de la economía ya bastante desnacionalizada, y subordinada a los intereses imperiales. Santos lo que está haciendo es darle legalidad a lo que hasta ahora sólo fue un despojo violento y criminal, definiendo derechos de propiedad y ordenando la geografía de la misma, delimitando las zonas de reserva campesina, los territorios indígenas, los espacios de las comunidades afro-descendientes, formalizando el dominio estatal de los baldíos, para desenvolver con más rigor y eficacia la acumulación capitalista:
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Organiza el mercado de tierras

-          Favorece la incursión y consolidación de las trasnacionales en lo que respecta al acaparamiento del espacio para su depredación.
-          Facilita la explotación a fondo, “dando garantías” al capital, a los inversionistas, para que accedan a las concesiones sobre los territorios, y a lo que llaman derechos de superficie.
-          Proyecta con la legalización, un despojo en términos legales porque responderá a un ordenamiento que se presentará como necesidad o prioridad nacional sobre la que no se permitirá obstáculo alguno. Cuando se requiera que alguien transmita su derecho de propiedad esto tendrá que hacerse porque así lo define la ley y punto o simplemente, a las buenas o a las malas, se debe ceder la tierra en renta; algo muy “democrático” seguramente; la democratización del rentismo, que es una forma más cínica del despojo.
-           Así, reiteremos, se le “restituye” la propiedad a los despojados para luego obligarles al arrendamiento. Se trata de lo que los especialistas llaman “solución financiarizada de la cuestión agraria”. Pero como si fuera poco esta reprimarización y desnacionalización de la economía, cuya base es el despojo de la tierra, se reforzará el procedimiento con las pretensiones del “Proyecto de Ley General Agraria y de Desarrollo Rural”, que reordenará el territorio en función de la depredación; en fin, la dictadura de la entrega del país a las trasnacionales: por ahora, 38 millones de hectáreas para la exploración petrolera; 11 millones de hectáreas para la exploración y explotación mineras; 12 millones de hectáreas para la explotación forestal también extractiva; 39.2 millones de hectáreas para la ganadería extensiva; 3.6 millones de hectáreas de producción agrícola, cuando se tiene un área cultivable de 21.5 millones de hectáreas, de un total de 114 millones de hectáreas que tiene nuestro país.
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-          DIBUJADO ESTE PANORAMA, la insurgencia, aparece como un factor incómodo para que las transnacionales y sus lacayos oligarcas criollos continúen el saqueo de la riqueza de los colombianos. De ahí deriva el sufrimiento de Juan Manuel por la existencia de la insurgencia, más cuando se había convencido de su propia invención que hablaba del fin del fin de la guerrilla.
La rendición de nuestras banderas no pasa de ser el delirio de un servil monigote vende-patria al que nada importa la destrucción del páramo de Santurbán ni de la gente de la que depende su riqueza hídrica; nada le importan los destrozos ambientales y sociales que produzca en el Huila la hidroeléctrica El Quimbo, nada le importa la suerte de las 500 familias que serán desplazadas de manera obligada sino el lucro que obtendrá la transnacional EMGESA; nada le importa la suerte de los cuatro millones de colombianos cuyo abastecimiento de agua depende de las fuentes de La Colosa en Cajamarca; su interés se centra en las ganancias que puedan generarle a los capitalistas los 9.000 títulos de explotación y los 20.000 que están en trámite (4 % y 20 % del territorio nacional respectivamente), dispuestos para alimentar el hambre de oro de las trasnacionales.
Negocios son negocios, así que para qué preocuparse por la pauperización creciente de los 12 mil trabajadores tercerizados en el enclave petrolero de Campo Rubiales. Lo importante es que en el balance del año 2011 la empresita duplicó sus ganancias netas.
Así las cosas, que no nos vengan con el cuentecito de tontos del desarrollo de la economía nacional, pues aquí en nuestro país ya no hay economía nacional sino el interés de las trasnacionales; en esta historia lo que impera es la diseminación de los enclaves extranjeros que nos succionan la sangre, la precarización laboral para nuestros hermanos trabajadores, la destrucción de nuestros bosques, la degradación de la tierra con los proyectos que aspiran a la generación de los agro-combustibles, la entrega desvergonzada de la Orinoquia y de la Amazonia, del Pacífico, del país entero…, la reprimarización, la desnacionalización, el favorecimiento al capital financiero, la mentalidad apátrida contra el bienestar popular.
¿Esta cruda realidad expresa voluntad de paz de parte del régimen? 

La tierra en Colombia (1): Los verdaderos autores del despojo (3-4)


Por Jesús Santrich, integrante del EMC de las FARC-EP.
Marzo 14 de 2012.


A sangre y fuego en Colombia se ha construido un latifundismo improductivo, que se sostiene como base de poder tanto en manos de la plutocracia tradicional, como de los sectores llegados a estas esferas por la vía del narcotráfico y otros negocios propios de la actual lumpenización de la burguesía transnacional parasitaria, que ahora no solamente combina negocios legales e ilegales que van desde la compra-venta a término de petróleo, hasta el tráfico de drogas, sino que juega sus apuestas también en el campo especulativo del mercado de la propiedad rural, donde según estudios de 2009 presentados por la SAC, para el caso colombiano, una hectárea de tierra valía cuatro veces más que en países de extensión más pequeña como Ecuador, Uruguay o Paraguay.

La sub-productividad de la tierra también es evidente si atendemos al Informe de Desarrollo Humano de la ONU, del mismo año 2009, en el que se registra que aunque se considera que 21.5 millones de hectáreas de tierra en todo el país son aptas para la agricultura, sólo se dedican al cultivo 4.9 millones de hectáreas. Entre tanto, a la ganadería extensiva se dedican 39.2 millones de hectáreas; casi el doble de lo que se requeriría, implicando que, según FEDEGAN el hato existente de 22.5 millones de bovinos, resultaba como tener un promedio de dos hectáreas de tierra por res, con el agravante de que las mejores tierras han sido sembradas de pastos destinados a sostener esos hatos.

Pero como en una sinrazón, no son los latifundistas que tienen mejores condiciones para la producción, sino los pequeños propietarios de la tierra y los aparceros quienes históricamente han abastecido alrededor del 60 % de los alimentos que se consumen en Colombia, y hasta surtieron el mercado externo de café mientras este fue producto principal en la generación de divisas.

El desmadre de la neo-liberalización de la economía fue alentado por la “apertura económica” de los años 90. El señor Cesar Gaviria debe recordarlo bien, lo mismo que toda la oligarquía que secundó ese modelo que debilitó enormemente la agroindustria al empujar a la ruina a millones de agricultores, sobre todo minifundistas. Como resultado más evidente de tal descalabro está que entre 1991 y 2005 el valor de las importaciones agrícolas creció 424%, mientras las exportaciones solo aumentaron un 66%.

La estructura agraria en Colombia, desde 1990 hasta hoy, ha sufrido una fuerte concentración de la propiedad. Los estudios de IGAC-CORPOICA de 2002, indican que las fincas con más de 500 hectáreas controlan el 61% de la superficie predial y pertenecen al 0.4% de los propietarios, lo cual se agravó a finales de la década, presentándose entre 2000 y 2009, y en especial a partir de 2005, una concentración mayor, particularmente en el 56.6% de los municipios. Los mismos estudios de IGAC-CORPOICA indican que de 14 millones de hectáreas aptas para la agricultura, solamente se están utilizando algo más de 4 millones; en contraste, se han dedicado 39 millones a pastos, para un hato de no más de 25 millones de cabezas, generándose una enorme pérdida del potencial productivo, mayor empobrecimiento de los pobladores del campo, su desplazamiento empujado ya no solamente por la violencia institucional y paramilitar, sino por problemas específicamente económicos.

Con exactitud nadie sabe cuánta tierra, en las últimas dos décadas, fue despojada a los campesinos colombianos mediante aplicación del terrorismo de Estado, pero ningún estudioso serio del problema baja la cifra de al menos 6 millones de hectáreas, generando un desplazamiento infame que ha lesionado a todo el tejido social, el cual aún no cesa.

He ahí la “Revolución Agraria” que ha venido haciendo “sin lucha de clases y sin fusiles” el señor Juan Manuel; es una verdadera contra-reforma que ha derivado en que el llamado índice de Gini referido a la concentración de la tierra en Colombia pasara en la última década de 0.8 a 0.9 % según datos del Banco Mundial citados por diversos estudiosos del tema.

Entonces, con todo esto que es solamente un asomo del problema, nos preguntamos ¿qué quiere decir Juan Manuel Santos cuando imputa a la insurgencia el despojo que las oligarquías han hecho?, o es que ¿acaso fue el comandante Manuel Marulanda quien suscribió el pacto de Chicoral de 1972? No hay que olvidar la historia: fueron dirigentes políticos y gremiales, liberales y conservadores, con el gobierno de Misael Pastrana quienes se reunieron en aquel balneario tolimense para congelar la posibilidad de una reforma agraria democrática, y proteger con ello “sus” grandes propiedades, las que acumularon despojando a los campesinos. Fueron ellos, los antecesores del despojo que hoy representan y profundizan las nuevas generaciones de la oligarquía.

Ahora, de peor manera que en el Pacto de Chicoral, los herederos de estas ratas van por el resto. Se plantean, por ejemplo, alcanzar dentro de 7 años 2.1 millones de hectáreas de palma. ¿Estaba Alfonso Cano dirigiendo Planeación Nacional cuando se decidió esta locura o cuando se pensó en reorientar los cultivos de caña de azúcar para producción de etanol? Hasta donde se sabe, de las más de 190 mil hectáreas sembradas de caña de azúcar que se dedicarán a la producción de etanol, el consorcio Ardila Lule controla al menos el 60 % de la producción del carburante. Por ningún lado se conoce que el Estado Mayor Central de las FARC tenga acciones en ese calabazo de cucarachas. Y, ¿quién decidió que se alcanzaría la siembra de un millón de hectáreas de éste cultivo en el mismo 2019? Con certeza no fue el comandante Timoleón Jiménez.

Al despojo descarado es a lo que se oponen las FARC y no a la posibilidad de una Reforma Agraria Real que acabe con los latifundios, entregue equitativamente la tierra a los campesinos y enfrente la oleada de privatizaciones y re-privatizaciones que para el caso colombiano apuntan al favorecimiento a las transnacionales.